Yo, infeliz de mi, no pillé mis guantes de mi casa. Total, nunca llevo guantes, ¿porque iba a empezar ahora? En fin, que Carlos y Marisa insisten y me baja un par de su casa. Nos montamos en el coche, y salimos hacia Málaga.
Empezamos a probar el GPS por el camino, ya que Carlos se ha entretenido en meterle mapas de España y de Irlanda. Curiosamente, no pilla satélites. Bueno, ya veremos mas adelante.
19:00: Llegamos a duras penas a la casa del primo de Carlos, después de perdernos y reencontrarnos ¿gracias al GPS? Que vaaaa sigue sin detectar ni un puto satélite desde que salimos de Jaén. Más bien gracias a las indicaciones que nos daba por teléfono el primo de Carlos.
Total, llegamos, aparcamos, nos acercamos a un Mercadona a por la primera compra del viaje: la cena de esta noche. Nos decantamos por un par de bollos y un paquetazo de jamón york (base de nuestra alimentación durante el viaje).
Total, nos montamos los 3 hipoglúcidos en el coche y vamos al aeropuerto. Allí sacamos las maletas y me despido de mi coche hasta la vuelta de Irlanda. Ahora queda en manos del primo que nos hace el favor de llevárselo a casa y luego recogernos a la vuelta.
20:00: Estamos en el aeropuerto de Málaga, sin nada que hacer, excepto esperar para embarcar. Así que decidimos comernos un fabuloso bocata de jamón york mientras esperamos. Bueno, al mío no se le puede llamar bocata, porque sin cuchillo con que cortar el bollo, hice un desastre que lo flipas con el pan. Pero bueno, es pan, mas destrozado o menos alimenta lo mismo, ¿no? Carlos si parece que le tiene el truco cogido a abrir el bollo con las manos. Y es que 14 días recorriendo capitales europeas algo te tiene que dejar de sabiduría, digo yo.
Bueno, un ratico zampando, un ratico esperando, y aparece en las pantallas la puerta de embarque de nuestro vuelo. Vamos al lio.
21:00: Hacemos cola en la puerta de embarque rodeados de irlandeses. Se ve que somos los únicos desfasados que se le ocurre ir a Irlanda de vacaciones un 23 de febrero. Un momento, ¿23 de febrero? Juraría que hice un examen esta misma mañana, pero me parece que hace siglos de eso. Llega la hora de embarcar. Llega la rutina de siempre. Que si colocar las maletas. Coloquen sus asientos y bandejas en posición vertical. Apaguen los móviles durante el despegue. Las salidas de emergencia están en tal sitio, los chalecos salvavidas en tal otro, las mascarillas se ponen así, los chalecos asao… y… despegandooooo!!!
A las 23:15 suena en los altavoces del avión algo parecido al la música del séptimo de caballería. Hemos llegado antes de tiempo al aeropuerto de Shanon. Nos bajamos eufóricos. Fuera llueve (más vale que nos vayamos acostumbrando). Corremos, maleta en mano, hacia el stand de Hertz donde nos hacemos entender a duras penas, pero el notas está acostumbrado a los paletos. “Sign here, please”, “Your credit card and driver license, please”, etc, etc. Corremos a la calle en busca de nuestro coche y nos encontramos con un Ford Focus C-Max con un maletero tan grande que podríamos dormir en él.

Ahora empieza el espectáculo. Un maldito coche inglés (vaaaale, vaaaale, irlandés). El volante en la derecha, el cambio de marchas en la izquierda, el retrovisor en el otro lado, el coche al revés, el tráfico en sentido contrario… Sin salir del aeropuerto dimos unas clases magistrales de “conduzca como un abuelo reumático con motricidad reducida” mientras el pavo que nos alquiló el coche se descojonaba tranquilamente viéndonos.
Total, salimos a la carretera armados con un coche irlandés de alquiler, un mapa de carreteras de Irlanda, una guía de viaje bien cutre y un GPS que se empeña en no coger satélites. Poco a poco parece que le voy cogiendo el truco a esto de conducir por la izquierda, aunque sigue dando mal royo ver los coches acercándose pegados a mi derecha.
Conseguimos llegar a Sixmilebridge, cerca de las 1 de la madrugada. Es un pueblo casi sin iluminación al que se llega por una carretera de mala muerte, en busca del albergue en el que vamos a alojarnos esta noche.
Una vez encontrado el albergue, nos bajamos del coche después de aparcarlo sudando tinta, y pasando más frío que en la comunión de Pingu, vemos que no hay nadie en recepción. Aquí no abre la puerta ni cristo. Vemos a través de las ventanas a un puñado de irlandeses, rojos como tomates, borrachos como perras, tocando la guitarra en la sala común del albergue. Conseguimos que una chica nos abra la puerta, pero nos dice que recepción cierra sobre las 22:00, ella sólo es una huésped más. A pesar de todo, nos ofrece que durmamos en los sofás de la sala común, que rechazamos amablemente y volvemos al coche con cara de circunstancia. ¿He comentado ya la falta de iluminación de Sixmilebridge? Pues haciendo una regla de tres simple… poca iluminación + coche amplio + albergue cerrado = a dormir en el coche!! Que además no es la primera vez que lo hago (malditos Grandes Premio de Jerez y sus malditos moteros jeje)
En fin, mañana será otro día. Y nunca he visto amanecer en Irlanda.
Sobre las 7 de la mañana nos despierta la claridad. Nos despertamos casi a la vez, pero Carlos decide quedarse perroneando un poco más. Y yo no puedo pensar en otra cosa que no sea poner en marcha el coche y empezar a ver cosas. Me deshago de la chaqueta que he usado como almohada con la suerte de que al intentar echarla al asiento de atrás le arreo un cremallerazo a Carlos en toda la cara que lo despierta y espabila en 1 décima de segundo mientras se pone las manos en la cara gritándome “¡Pero que has hechooo! ¡Pero que has hecho!” En fin, el viaje comienza, salimos de Sixmilebridge camino de nuestra primera parada: Bunratty Castle. Que vemos por fuera tranquilamente, gracias al madrugón que nos hemos dado. Fotos de rigor, y a seguir la ruta que hoy será la más larga de todo el viaje.
Siguiente parada Ennis, el pueblo está desierto, excepto por unos cuantos feligreses que se acercan a la iglesia del pueblo a escuchar misa. Las calles están desiertas, no hay ni una triste tienda abierta, ni un coche por la calle, ni un alma paseando. Claro, es que no nos hacemos cargo de es domingo y son cerca de las 8:30 de la mañana. En fin, nos damos un paseo por el pueblo, vemos su iglesia y sus típicas calles irlandesas. Cuando consideramos oportuno, salimos de nuevo a la carretera.
Camino de los acantilados de Moher paramos un par de veces a ver el paisaje. Una vez en un pequeño pueblo que tiene su iglesia en ruinas en todo lo alto de una pequeña colina y su cementerio a la espalda de la iglesia, lleno de cruces celtas y tumbas de los lugareños. Más adelante, siguiendo hacia el norte, volvemos a parar ya a orillas del Atlántico también en otra pequeña iglesia medio derrumbada, con las paredes llenas de enredaderas y su pequeño cementerio también. Hoy nos está haciendo un día totalmente soleado que es de agradecer en Irlanda.
Cuando nos parece seguimos la ruta hacia los acantilados. Una vez allí, aparcamos el coche en frente de una especie de nave cerca del parking habilitado para los turistas que visitan los acantilados. Sólo que ese parking cobra por aparcar el coche allí y la nave no, jeje. Cuando vamos llegando a los acantilados vamos alucinando con el paisaje que se nos presenta. 200m de caída libre por delante, y el Atlántico golpeando la base de los acantilados con fuerza. El día sigue totalmente soleado así que tenemos una vista perfecta incluso de las Islas Arán, donde iremos mañana. Eso sí, hace tanto viento y tan frío que cuando nos quitamos los guantes para hacer alguna foto casi nos tienen que amputar un par de dedos por congelación. Menos mal que Carlos y Marisa cuidan de mí y subieron a última hora a por unos guantes para mí, que sino las hubiese pasado canutas. No nos cansamos de hacerle fotos a los acantilados (que si vertical, que si horizontal, que si con más luz, que si con menos zoom, ahora ponte tú…) De casualidad nos ponemos a hablar con unos españoles que estaban al lado nuestra y resulta que uno de ellos era también de Jaén (bueno, de un pueblo que ahora no recuerdo) que estaban trabajando en Galway por lo visto. ¡Que pequeño es el mundo!
Comemos unas tristes hamburguesas en Galway después de pasar por el albergue a registrarnos. De aquí vamos a dar otra vuelta con el coche y tenemos que volver aquí a dormir.
Salimos ya después de comer hacia Cong, pueblo donde se rodó “El Hombre Tranquilo”, una típica película “western” ambientada en Irlanda. Aquí vemos los restos de un monasterio, el pub donde se paraba a tomar cerveza negra los personajes de la película y poco más.
Seguimos ahora hacia el oeste por carreteras estrechísimas, por el Connemara Nacional Park hacia Kylemore Abbey. Durante el recorrido igual se ponía a llover, que salía el sol, que de pronto nos granizaba. Son increíbles los cambios de tiempo que puede haber en Irlanda, y los cambios de tonalidades de verde que pueden tomar las montañas.
Con el sol poniéndose llegamos a Kylemore Abbey, donde tenemos que tirar del trípode que ha traído Carlos para que nos salgan unas fotos decentes. Kylemore Abbey es un edificio-castillo neogótico que, actualmente es un exclusivo internado femenino, situado en las orillas del lago Kylemore. Tiene tras de sí una historia triste ya que fue construido por un rico magnate de Manchester, Mitchell Henry como regalo para su esposa, la cual murió repentinamente poco tiempo después. A ésta la siguió su hija, con lo cual el pobre Henry vendió el castillo. Luego se convirtió en una abadía cuando se lo quedaron las monjas benedictinas en la I Guerra Mundial.
Una vez hechas las fotos de rigor, volvimos a Galway, donde compramos un paquete de espaguetis para cenar esa noche y que acabarían como el milagro del pan y los peces. Nos dieron de comer durante dos días y tuvimos que acabar deshaciéndonos incluso de una parte que nos sobraba. Esa noche hizo Carlos una fuente de espagueti que casi consigo tirar al suelo ante la risa de los demás huéspedes, sobre todo un par de italianos que estaban por ahí. En fin, aquí no nos conoce nadie…
Hoy por lo pronto nos hemos tragado cerca de 400km de carretera. Mañana será otro día.
Nos levantamos temprano en Galway, vamos a por el coche. Antes de montarnos en el coche Carlos se da cuenta de que a Galway no le hemos echado ni una triste foto, y sinceramente, no nos ha parecido una ciudad bonita en absoluto. Esta vez se sienta Carlos al volante.
El objetivo de hoy es Inis Mór, la mayor de las Islas Arán. Tenemos que estar para las 10:30 en Rossaveal para coger el ferry y parece que tenemos tiempo de sobra. Simplemente hay que ir por una carretera costera hasta Rossaveal. Todo el mundo se dirige al trabajo, o al colegio, ya que hoy es lunes. Cuando salimos de Galway vemos que la mar está muy picada, lo que nos hace pensar si saldrá el ferry o no.
Creíamos que ibamos con tiempo suficiente pero pasamos uno y otro pueblo y no vemos la salida hacia Rossaveal. El tiempo se nos va echando encima y seguimos sin ver la salida que tenemos que tomar. Cuando faltan pocos minutos de que salga el ferry llegamos a un cruce y al ver las poblaciones que muestran los carteles nos damos cuenta de que nos hemos pasado nuestra salida, así que damos la vuelta, y volvemos a contrarreloj hasta que vemos un desvío que pone “Ros an Mhíl” y un dibujo de un ferry al lado ¡¡malditos carteles en gaélico!! Llegamos a toda pastilla, a las 10:30 (minuto arriba, minuto abajo) y preguntamos al señor que vende los tikets si estamos a tiempo, para asegurarse llama por teléfono y avisa al barco de que vamos a subir dos personas más, que nos esperen. Subimos, por fin, al ferry y nos sentamos cerca de unas ventanas a disfrutar de la travesía.
El ferry sale mientras fuera está diluviando. Poco a poco va cogiendo velocidad y vamos saliendo a mar abierto. Poco a poco el ferry empieza a balancearse arriba y abajo, cada vez con más violencia, hasta de de pronto pegamos un panzazo contra una ola. La gente flipa, unos se asustan por el impacto, otros nos reímos. El ferry sigue dando panzazos cada vez mas violentos y el balanceo ahora también funciona en sentido babor – estribor. Un chaval que estaba al lado nuestra se agarra a los brazos del asiento como si la vida le fuese en ello. Carlos y yo nos lo estamos pasando bomba y nos reímos del chaval que está a punto de arrancar los brazos del asiento de lo fuerte que se agarra a ellos. Al rato me da algo de calor y me quito el chaquetón, pero sigo teniendo calor, y veo que estoy sudando demasiado. Noto que las manos me hormiguean y empiezo a ponerme blanco. Es raro, me lo estoy pasando bien y sin embargo me estoy mareando. Ahora es el chaval de al lado quien se ríe de mí al verme con mala cara, blanco como la nieve. Pero de nuevo poco a poco el barco va tranquilizándose y es que estamos llegando a las islas y la mar vuelve a calmarse.
Cuando llegamos a Inis Mór sigue lloviendo, además de hacer un viento del carajo. Pasamos al lado de un par de furgonetas de viajes organizados a través de la isla y los conductores nos dicen que subamos, pero los rechazamos diciendo que vamos a alquilar unas bicicletas. Bicicletas, lloviendo a mares, y con mucho viento ¡Estamos como cabras! Total, que alquilamos un par de bicis, y nos ponemos a dar pedales, tan contentos, con nuestros chubasqueros puestos. Recorrimos toda la costa de la isla, viendo un paisaje precioso lleno de pequeñas parcelitas delimitadas con muros de piedra. En muchas parcelas de tierra hay vacas o caballos pastando tranquilamente bajo la lluvia.
Nos paramos un rato en una zona de la costa que es muy rocosa en la que hay una colonia de focas, pero las focas están demasiado lejos y apenas distinguimos alguna cabeza saliendo del agua a lo lejos. Después de un rato dando pedales contra lluvia y viento llegamos a Dun Aonghasa. Es un fuerte de la Edad de Hierro, el mejor conservado de toda Europa.
El fuerte tiene una muralla de varios anillos que protegen el recinto central. En la parte oeste está protegido por un imponente acantilado, que lo hace totalmente inexpugnable. También tiene un amplio campo de piedras hincadas, que estarían destinadas a dificultar el acceso al fuerte por la zona menos segura.
Desde el fuerte hay unas vistas impresionantes, tanto de la isla, como de los acantilados sobre los que se levanta. Es impresionante la fuerza del viento y del mar que golpea la base de los acantilados. Estando en el fuerte, vemos que por el norte se acercan dos personas al borde de los acantilados. Cuando llegan los "intrusos" a la última muralla que defiende el fuerte, Carlos y yo nos asomamos a ver quienes eran los locos que andaban por ahí al borde del acantilado y de pronto nos vimos en el 2000 a .C. defendiendo el fuerte del ataque del pueblo vecino. Al final eran un par de franceses, uno de ellos el que en el ferry se agarraba al asiento como si fuese lo único que le quedaba en la vida. Saltaron el muro y charlamos un rato. Poco después nos despedimos del fuerte, que aún había que recorrer de vuelta los 7km que hay hasta el ferry.
Una vez llegamos al pueblecito desde donde sale el ferry, teníamos un cansancio y un dolor de culo de las bicis, que me arrepentí de no haberlas lanzado por el acantilado en Dun Aonghasa. Bajo un gran diluvio sacamos unas rebanadas de pan de molde y le metimos dentro unas cuantas lonchas de jamón york, acompañadas de un batido de chocolate, que nos comimos en plena calle tan contentos. Nuestros cuerpos no van a permitir que nos pongamos enfermos mientras dure el viaje, otra cosa será cuando lleguemos de nuevo a España.
El viaje de vuelta en el ferry fue mucho más tranquilo que el de ida. Cuando recuperamos el coche en el puerto de Rossaveal queríamos pasar de nuevo por los Acantilados de Moher para verlos de noche, pero estábamos demasiado cansados y mojados como para hacerlo. Así que nos fuimos de nuevo hacia Sixmilebridge, al albergue en el que no dormimos la primera noche. Esta vez llegamos con tiempo para pillar recepción abierta. El dueño del albergue fue muy simpático y nos explicó que nos había enviado un e-mail explicándonos que, como la primera noche llegábamos después de que cerrase recepción, nos había dejado la llave en la ventana para que entrásemos sin problema. El correo evidentemente no lo leímos, pero bueno.
Esta noche comimos la que debía ser la única pizzería de la localidad, regentada por un par de imbéciles que decidieron cachondearse del poco turismo que tiene el pueblo (nosotros). La historia fue que como no había servilletas a la vista y no recordaba como se decía servilleta en inglés… me acerqué a la barra y dije con mi mala pronunciación: “Do you have anything to clean my hands?” Que por lo visto en Irlanda debe significar algo así como “Cachondeate de mí, que es gratis” Así que me ofrecieron un cartel de rugby para que me limpiase mientras se descojonaban de la risa. Les puse cara de “Vosotros es que sois tontos, ¿no?” y se partían la polla a pesar de que estoy seguro de que “esa cara” es universal. En fin, se puede pasar uno todo el día matando gilipollas y no acaba.
Cuando terminamos de cenar, nos fuimos a acostarnos, que mañana hay mas kilómetros por recorrer, más sitios que visitar y por suerte ningún imbécil más que encontrarnos.
Nos volvemos a levantar temprano y nos preparamos un gran desayuno en la cocina del albergue a base de batido de chocolate, pan de molde, aceite, y muuuucho azúcar. Había un grupo de chavales, ocupando las primeras mesas del pequeño comedor, que tuvieron que apartarse cerca de unas quinientas veces, una por cada viaje que dábamos desde la mesa hasta el tostador.
Cuando nos sentimos satisfechos con el desayuno, volvimos a montarnos en el coche y salimos de Sixmilebridge camino de nuestra primera parada del día: Cashel.
Una vez en Cashel aparcamos el coche y subimos a Rock of Cashel. La vista de la roca desde la carretera de acceso es impresionante. El recinto amurallado se alza sobre una pequeña colina desde donde se domina toda la llanura de los alrededores. Desde la roca hay unas vistas panorámicas espectaculares de la zona. Y se puede ver al oeste, en los prados que se extienden al pie de la fortaleza las ruinas de Hore Abbey, una abadía circenses del siglo XIII.
La mayoría de los edificios de la roca son de los siglos XII y XIII. La mayor construcción de la roca es la Catedral de San Patricio, de planta de cruz latina. En Cashel, San Patricio, patrón de Irlanda, convirtió al cristianismo al rey de Munster en el siglo V. Lo más impresionante de la roca, además de la catedral, es la torre circular, que además es el edificio más antiguo y más alto del lugar.
El precio de la entrada es reducido si presentas el ISIC (a.k.a. Carné Internacional de Estudiante) cosa que yo no tengo. Pero se nos ocurrió la brillante idea de sacar mi viejo y roído carné de estudiante de la Universidad de Jaén. Y me cobraron entrada reducida sin problemas. Así que de aquí en adelante a todo sitio que entraba, iba con mi carné de estudiante “made in Jaén” y en todos los sitios me cobraban entrada reducida.
Después de Cashel, fuimos a Cahir a ver su castillo. Cahir es una trascripción del irlandés Cathair Dun Iascaigh, cuyo significado es fortín circular de piedra con abundancia de peces,
lo que da una ligera idea de la antigüedad de la fortificación. Una de las ventajas de viajar a Irlanda en febrero es que te quitas de en medio a las hordas de turistas que lo invaden todo en verano. Este castillo por ejemplo nos lo recorrimos entero, de arriba a abajo, de norte a sur y sólo una vez nos cruzamos con otros turistas. Claro, ese déficit de turistas permite que pudiésemos hacer fotos con toda tranquilidad como esta.
Después de Cahir, nos trasladamos hacia Cork, pero pasando antes por el castillo de Blarney (aquí hasta el más tonto tenia una fortaleza, macho). Este castillo alberga la Piedra de Blarney. Los visitantes deben besar la piedra por la parte de abajo estando suspendido en el vacío y obtendrán el don de la elocuencia. Los alrededores del castillo son preciosos, con un riachuelo que los cruza, y un puentecito por donde puedes pasar. La gente como no, desde el puente se dedica a tirar monedas al agua para… que sé yo, ¿Volver alguna vez en la vida? ¿Tener suerte? ¿Malgastar el dinero? Y es que me gustaría saber que tiene la naturaleza humana, que vemos cualquier río, fuente o lo que sea durante nuestro viaje y no podemos resistir lanzar una moneda al agua.
Nosotros, como no, seguimos haciendo el tonto por el camino en un castillo casi desierto (aquí si había algún turista más además de nosotros). El castillo estaba lleno de carteles que te indicaban hacia donde había que seguir para llegar a la Piedra de Blarney. Evidentemente, si seguías los carteles hacia la piedra, te llevaban a la piedra, pero eso si, recorriéndote todas las estancias imaginables en el castillo. Que si el salón, que si la habitación principal, que si la cocina, que si la habitación de noseque, que si la estancia de nosecuanto… hasta que llegabas a la parte más alta del castillo. Y allí había un señor esperándote para echarte una mano a besar la piedra. Y mas vale que fuese una mano fuerte, porque te tienes que descolgar boca abajo sobre una altura de infarto. Realmente no hay peligro a pesar de la altura, ya que tienen dispuestas unas cuantas barras de hierro para que no caigas al vacío, y otro par más para que te sujetes mientras besas la piedra, además del señor que te ayuda a hacerlo. Una vez besada la piedra volvimos al coche y salimos hacia Cork a registrarnos en el albergue antes de seguir recorriendo los alrededores de la ciudad.
El albergue de Cork era albergue y bar (2x1). Después de dejar las maletas en nuestra masificada habitación salimos de la ciudad aún sin detenernos a verla e intentamos llegar a Kinsale a tiempo para ver los fuertes situados a ambos lados de la bahía: Charles Fort y James Fort. Para llegar nos tuvimos que desviar un buen puñado de veces porque estaban haciendo una gasolinera en la entrada del pueblo (se ve que no se puede pasar por delante de una gasolinera en obras, porque sino se te deben secar los ojos, o caerse las manos o algo así). En fin, que para cuando conseguimos llegar a Kinsale ya habían cerrado los fuertes, así que simplemente nos metimos en un supermercado y compramos algo de abastecimiento para seguir la ruta.
Por último, al volver a Cork, aparcamos cerca del albergue y nos pusimos a patear la ciudad. Aquí vimos la Iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church para los lugareños) y siguiendo por la orilla del río Lee, hacia el oeste, la Catedral de San Finbarr. Pasamos por delante de Courthouse y caminamos por St. Patrick Street de nuevo hacia el albergue. Y Carlos descubrió algo que nos dejó de piedra. En un Burger King vendían una hamburguesa llamada “Chorizo Angus Meal”. Una especie de hamburguesa con sabor a chorizo o Dios sepa que cerdada era esa.
Un producto totalmente invendible en España, claro, si quiero algo con sabor a chorizo… me como un chorizo, así de facil.
Cuando llegamos al albergue nos sentamos en el bar a tomarnos una Guinness como Dios manda. En el bar coincidimos con un canario (de las islas canarias, se entiende, no va a ser un pájaro) que se había ido a Irlanda a trabajar y como pudimos apreciar no tenia ningún problema con el idioma, ya que hablaba inglés perfectamente. Nos explicó luego que su padre era de Nueva Zelanda, por eso hablaba inglés igual que el español. Un par de cervezas y una llamada de teléfono después nos fuimos a la cama, que al día siguiente hay que volver al aeropuerto de Shannon para las tres de la tarde, pasando por un par de sitios más y no estamos cerca precisamente.
Nos levantamos temprano y empezamos a vestirnos en una habitación de albergue masificada. Mientras recojo la maleta y me dispongo a salir, veo que abre los ojos el tío que ha dormido en la litera de encima de mí. Lo miro sorprendido porque es el mismo canario que anoche estaba en el bar. Me mira también con sorpresa y entre el sueño y la sorpresa de pronto grita: ¡¡NOO!! Evidentemente se despierta media habitación y yo me echo a reír mientras le hago gestos con las manos para que se tranquilizase y se volviese a dormir.
Salimos de la habitación partidos de la risa por la que ha montado el colega y nos vamos a inflarnos de desayunar todo lo que pillamos por banda en el mismo albergue. Una vez desayunados a conciencia, y todo bien recogido, nos vamos al coche, a seguir nuestra ruta. Como digo, nuestro avión sale a medio día y en una mañana hay que ir de Cork a Shannon pasando por Killarney (unos 200km de carretera de mala muerte).
La primera y única parada de hoy es Killarney y su parque nacional. Cuando llegamos a Killarney después de dar unas cuantas vueltas absurdas por la localidad, paramos en la Catedral de St. Mary. A su lado hay una extensión verde que alberga dos campos de rugby en los que Carlos y yo nos metimos a hacer un poco el gamberro y ya de paso hacerle buenas fotos a la catedral.
Una vez salimos de allí nos dirigimos a uno de los aparcamientos de las muchas entradas que tiene el Killarney Nacional Park. Un parque nacional formado, casi, en su cuarta parte por las aguas del Lough Leane, el Muckross Lake y el Upper Lake, comunicados entre sí. En el parque dejamos sin ver, por fallos de logística, el Ross Castle. Pero disfrutamos viendo la Muckross Abbey , abadía franciscana del siglo XIV. Y más al sur la Muckross House , un edificio neoisabelino realizado en 1843 que en la actualidad es utilizado como cuartel general del parque.
Las vistas en el parque son preciosas, andamos casi toda la mañana por el parque y evidentemente no recorrimos más que una pequeña parte del total. Creo que las fotos hablan por sí mismas.

Una vez volvimos al coche, salimos directos hacia el aeropuerto de Shannon, ya que teníamos que: dejar el coche de alquiler, hacer cola para recoger los billetes de avión, comer y evidentemente, montarnos en el avión. Y ya íbamos bastante justos de tiempo.
Por el camino nos acordamos que deberíamos echarle gasolina al coche para devolverlo así que decidimos llenar el depósito ya cerca del aeropuerto. Y evidentemente pasó lo que nos tenía que pasar. Empezamos a descartar gasolineras hasta que fue demasiado tarde. En el momento en que dijimos: “En la próxima llenamos el depósito”, dejaron de existir las gasolineras. Llegamos hasta el aeropuerto, tuvimos que dar la vuelta, buscar una gasolinera alejándonos de nuevo del aeropuerto, y ya íbamos mal de tiempo.
Total, que encontramos una gasolinera, llenamos el depósito metiéndole prisa al surtidor de gasolina, salimos a toda pastilla hacia el aeropuerto por segunda vez, saltándonos semáforos, rotondas, cedas y todo lo imaginable. Dejamos el coche y salimos corriendo hacia la Terminal. Mientras esperamos la cola gigante que había para facturar, nos pusimos a comernos la poca comida que nos quedaba, allí de pie, bajo la atenta mirada de toda clase de irlandeses.
Una vez con los billetes salimos corriendo (literalmente) a la puerta de embarque y como no teníamos suficiente prisa de por sí, los cachondos de seguridad me hicieron quitarme en el arco detector de metales el chaquetón, el cinturón, el reloj y hasta las botas. Pero bueno, una vez recuperadas al otro lado del arco me las puse a toda prisa y salimos corriendo hacia la puerta de embarque. Eso sí, no llevábamos ni 2 minutos jadeando por la carrera cuando empezaron a montar gente en el avión.
Total, de nuevo me veo en un avión repleto de irlandeses, sólo que ahora
volamos de nuevo a España. Eso sí, cuando llegamos a España y nos recogió de nuevo el primo de Carlos con mi coche, preferimos que condujese él hasta su casa de nuevo, porque de pronto eso de conducir por la derecha de nuevo nos parecía un poco raro. Jejeje.
Bueno, pues otro viaje que llega a su fin. De nuevo en España, cargado de fotos, un puñado de anécdotas y buenos recuerdos que no olvidaremos fácilmente.
Por último quiero añadir que de camino al aeropuerto encontramos un gran resumen de lo que son las carreteras irlandesas. Véase la estrechez de la carretera, la curva a ciegas y dos señales contradiciéndose la una a la otra. Todo un poema, vaya.











