Existen muchas posibilidades de practicar el senderismo en la República Dominicana, especialmente en la cordillera Central. El viajero podrá realizar caminatas a lo largo de paisajes salvajes en los parques nacionales del país, y también explorar sus kilómetros y kilómetros de playas vírgenes. También resulta factible encontrarse emplazamientos excelentes para el surf, en especial a lo largo de las costas norte y este. Algunos de los mejores enclaves se hallan al oeste de Sosúa, y también al sur de la bahía de Samaná.
El buceo se erige como otro de los deportes más populares en el país, y muchos de los hoteles incluyen en sus paquetes turísticos clases y diplomas. Aunque perduran algunas zonas espléndidas para la inmersión y embarcaciones naufragadas que explorar en la costa norte, el agua en la costa sur se mantiene más cálida y sus arrecifes de coral, algo más protegidos. Barahona y Cabo Rojo, cerca de Pedernales, resultan dos lugares muy atractivos para practicar el submarinismo.
La bicicleta se cuenta como un excelente medio de transporte para disfrutar del esplendor natural del país. Se pueden encontrar establecimientos que las alquilan en las principales urbes, aunque es preferible que cada uno haya incluido la suya en su equipaje.
La bahía de Samaná se ha convertido, desde hace muchos millones de años, en el enclave preferido por los rorcuales para su apareamiento. Existen varias empresas de naves que ofrecen viajes de observación de ballenas en la época de celo.
Santo DomingoLa capital de la República Dominicana y primera ciudad europea del continente americano se corresponde a una localidad caribeña dinámica, excitante, contaminada, a veces peligrosa y siempre interesante. Por mucho que se alargue la estancia del visitante en Santo Domingo, siempre le quedará algo por ver o hacer. Existen más vestigios coloniales en la urbe de los que es posible conocer en un solo viaje, y resulta inexcusable abandonar el país sin haber descubierto la Zona Colonial, punto de partida de la conquista española de las Américas, lugar de desembarco de colonos, comerciantes y conquistadores, así como centro administrativo gobernado por Diego, hijo de Cristóbal Colón. La ciudad también se enorgullece de albergar la catedral más antigua del continente americano, la catedral Primada de América. El cercano parque Colón, además de poseer una estatua del almirante al que debe su nombre y suponer un hervidero de actividad, también está considerado el punto de encuentro de los residentes en la zona.
La urbe rebosa los más variopintos museos, desde los dedicados a la historia indígena y colonial, hasta el del ámbar y otro acerca de los productos más importantes del país. Sus jardines, zoológicos y parques la convierten en una ciudad frondosa. Y, cuando ya se ha absorbido la suficiente dosis de cultura, se puede disfrutar toda la noche en la multitud de discotecas y bares que acogen sus calles. Añádase a lo dicho una oferta de restaurantes bastante atractiva, y se conseguirá la receta de un viaje fantástico.
Santiago de los CaballerosLa segunda ciudad en importancia de la República Dominicana, Santiago de los Caballeros, se presenta como una urbe aristocrática y algo provinciana. Sustenta el eje comercial del valle del Cibao, la zona industrial de la nación, donde las fábricas procesan azúcar y tabaco en bruto para convertirlos en ron y puros. Santiago se enorgullece de poseer una próspera industria y una de las mejores universidades del país.
El ritmo de Santiago, pausado y elegante, resulta una agradable sorpresa para los escasos viajeros que se acercan a ella. Carece de monumentos remarcables así como de una vida nocturna muy excitante, pero cuenta con diversos restaurantes y museos interesantes para pasar un día relajado. Posiblemente, la actividad más popular de la población sea el paseo por la calle del Sol, la principal vía de la urbe y una agradable zona comercial. Sus gentes poseen un aspecto distinguido y muchos dedican el descanso dominical a pasear por el parque central en coches de caballos. Se convierte en un simpático tributo a la tradición en una localidad que está cambiando con inusitada rapidez.
Costa del ÁmbarLa costa septentrional de la República Dominicana debe su nombre a los yacimientos de ámbar más ricos del mundo, situados en las montañas de las cercanías. Su reputación se justifica con los 120 km de bellas playas al este de Puerto Plata. Se erige como la zona más desarrollada de la isla, aunque, por desgracia, gran parte está focalizada al turismo de masas procedente de Europa. Sin embargo, permanecen diversas ciudades pequeñas con un ambiente relajado en sus restaurantes de tejado de palma, y sus pensiones locales prevalecen sobre la arquitectura de edificios amorfos de hormigón propia de los complejos turísticos.
Puerto Plata, el eje principal de la costa, posee la vida callejera, arquitectura pintoresca y plazas arboladas propias del país, pero también demasiados complejos turísticos de baja calidad que han contaminado su carácter. Aparte de sus superpobladas playas, otras posibilidades de diversión se centran en los paseos por el malecón o el funicular que se eleva hasta la cima de la montaña Isabel de Torres, de 780 m de altura, que domina la ciudad.
SosúaSosúa es algo más que otra urbe de playas paradisíacas, donde su atraso en concepto de infraestructuras se ve contrarrestado por sus extensas costas de arena y cocoteros. Perduran enclaves idóneos para quienes deseen tomar el sol o degustar las delicias de un buen restaurante y disfrutar de su animada vida nocturna, pero muchos desconocen la interesante historia de esta comunidad.
La zona al completo perteneció a United Fruit hasta finales de la década de 1920, cuando el dictador Rafael Trujillo compró el terreno por un módico precio y obtuvo pingües beneficios al venderlo a organizaciones judías estadounidenses. Estos grupos adquirían tierras para los hebreos que huían de Europa Central ante el creciente antisemitismo. En 1940, unas trescientas cincuenta familias judías se trasladaron a la localidad y dedicaron varios años a desarrollar un producto agrícola que pudiera prosperar bajo el clima tropical y sobrevivir al largo trayecto por tierra hasta Santo Domingo. Criaban ganado para obtener leche, queso, salchichas y otros productos; con los beneficios, construyeron un sistema de distribución. Pero en la década de 1960, los campesinos se apropiaron ilegalmente de las tierras de cultivo, inutilizándolas para el pastoreo. La policía se negó a ayudar a la comunidad hebrea, y la mayoría optó por emigrar a EE UU o Israel. En la actualidad únicamente permanecen algunas de estas familias, pero si se desea obtener una rápida visión de su fascinante historia se puede visitar el Museo de la Comunidad Judía, antes o después de broncear la resaca junto a las aguas claras y brillantes (también ideales para el buceo, por cierto).
CabareteSe puede afirmar que es el destino indicado para unas vacaciones: cuenta con una enorme y preciosa bahía, considerada una de las mejores del planeta para la práctica del windsurf; sus hermosas playas de arena blanca parecen de postal; y si lo que se desea es una suite con bañera de agua caliente junto a un servicio de habitaciones que sirva una cena de langosta y champaña, Cabarete aparece como el enclave idóneo. No se pueden obviar sus bares y discotecas, con música en directo todas las noches y frecuentados por gente engalanada y con ganas de disfrutar.
Incluso para aquellos que no se sientan seducidos por la imagen de veinteañeros europeos semidesnudos disfrutando de la playa y el surf, se debe reconocer que la vista del mar es espectacular. El windsurf atrae a ciudadanos de los cinco continentes, y resulta factible alquilar el equipo completo, además de apuntarse a clases con cualquiera de los monitores que se hallan en la misma playa. Para los que prefieran disfrutar del surf, es importante tener presente que algunas de las mejores olas dominicanas rompen justo al oeste de Cabarete, sobre arrecifes de coral que bien merecen una excursión. Igualmente, es posible alquilar tablas de surf y boogie boards.
SamanáEn muchos aspectos, Samaná refleja una imagen de típica ciudad tranquila y tropical, con casas coloreadas pegadas como lapas a las verdes laderas y mecidas por cocoteros. Existe un par de locales donde tomar una copa y admirar la bahía (de tal importancia estratégica en el pasado que estuvo ocho años ocupada por EE UU), y el Norte acoge escasos complejos turísticos. El principal motivo para llegar hasta esta zona reside en su generosa naturaleza: Samaná resulta el punto de partida perfecto para explorar los tesoros más preciados de la República Dominicana.
Siete kilómetros hacia el Sur, el idílico cayo Levantado presenta selvas frondosas y tres playas espectaculares que suelen aparecer desiertas hasta la llegada de autobuses repletos de turistas, alrededor del mediodía. Los itinerarios para senderismo y las bellas vistas potencian el atractivo del lugar. Hacia el Oeste, el Parque Nacional de los Haitises ofrece numerosas islas alfombradas de selvas y tupidos manglares, indicadas para explorar en barco. El mayor espectáculo, sin embargo, se desarrolla en la bahía durante los meses de enero y febrero: aproximadamente el 80% de los rorcuales del mundo se aparean y crían frente a las costas de la República Dominicana. Para atraer a las hembras, los rorcuales macho elevan al aire sus cuerpos de 40 toneladas, para luego caer al agua salpicando mares de espuma (ellas también lo hacen, aunque evitan volar tan alto para proteger el frágil ego de los machos). Los patrones de embarcación de la zona cobran entre 25 y 40 dólares (entre 27 y 44 euros) por adentrarse en la bahía.
JarabacoaA los lugareños les gusta denominar a su ciudad la Suiza de los trópicos. El apodo no puede considerarse muy acertado, pero la urbe tiene carácter. El clima casi templado -sus gentes parecen vivir en una primavera perpetua- favorece el cultivo de cerezas, manzanas y fresas, que cubren las laderas de las montañas. Como corresponde al ambiente primaveral, en las tardes de los fines de semana el Parque Centralse halla atestado de jóvenes enamorados. Más avanzado el día, las calles que rodean el parque atraen vehículos de todo tipo que pasean, lentamente, por la localidad.
Numerosos dominicanos acaudalados poseen una segunda residencia en Jarabacoa, donde se refugian de los excesos de la naturaleza en las tierras bajas durante el verano. La zona cuenta con atractivos tales como cataratas, estanques para nadar y lugares para practicar el senderismo y la equitación; incluso posee un campo de golf. Tras agotarse con el deporte preferido, se puede volver a la urbe para tomar una relajada comida al aire libre o una copa en los bares locales.
ConstanzaSi se pretende conocer el interior de la isla, el mejor punto de partida se ubica en la población del municipio, situada en la cordillera Central, a 1.200 m de altitud. Rodeada de frutales, jardines de flores para la venta y bosques, el clima vigorizante de Constanza ha hecho de ella un centro agricultor muy productivo y un destino vacacional de montaña para los dominicanos que huyen de la canícula del litoral. La urbe alberga una pequeña comunidad de familias japonesas, acogidas por Trujillo para gestionar el lanzamiento de los jardines comerciales de la zona.
Se puede acceder a pie hasta la catarata de las Aguas Blancas, a 10 km al sur de la ciudad, explorar las selvas vírgenes de la cercana Reserva Científica Valle Nuevo, o darse un baño en el río del lugar (a una temperatura como para poner la carne de gallina).
Constanza no está muy bien acondicionada para acoger turismo, y únicamente cuenta con algunos hoteles rudimentarios. Pero no hay que preocuparse de la comodidad de la habitación si la idea es pasar la mayoría del tiempo respirando aire fresco y disfrutando del campo.
Parque Nacional Armando Bermúdez y José del Carmen RamírezLa República Dominicana estableció este parque nacional en 1956 con la esperanza de impedir que la creciente deforestación del país alcanzara los límites del vecino Haití. Fue todo un acierto: la cordillera Central, que cuenta con las cimas más altas del Caribe, atrae a senderistas de todo el planeta. Doce de los principales ríos de la nación fluyen por estas montañas, incluido el único río de aguas bravas del país, el río Yaque del Norte. Los rápidos no son muy peligrosos (incluso se puede navegar por el río en colchonetas hinchables de piscina), pero sirven para pasar un día divertido. El ráppel, el piragüismo y el senderismo se han popularizado sobremanera y cualquier monitor de los alrededores del parque puede ayudar a iniciarse. Es recomendable ir provisto de material propio, así como de un buen abrigo. En las montañas hace bastante frío: en diciembre y enero es habitual encontrarse con valores negativos.
Existen 14 lugares para acampar y docenas de pistas de senderismo. Se erige como uno de los paisajes naturales más espectaculares del Caribe, y merece la pena escapar de los itinerarios más trillados.
Península de PedernalesCon tres parques nacionales singulares e impresionantes, una estación de investigación científica y centenares de kilómetros de costa caribeña, cabría pensar que la península de Pedernales está siempre abarrotada de todo tipo de turistas. Por desgracia (o por fortuna, según el punto de vista), los visitantes no cuentan con un camino apacible, y únicamente los viajeros independientes y arriesgados alcanzan la meta. En este enclave se puede disfrutar, prácticamente en soledad, de uno de los paisajes más extraordinarios de la República Dominicana. El centro urbano, Barahona, es una comunidad costera azotada por el viento que vive de la minería y la caña de azúcar, en absoluto del turismo. La bahía resulta un lugar excelente para bucear, y en ella abundan meros, tiburones nodriza y manatíes.
En la cercana Reserva Científica Laguna Rincón se protege y estudia el mayor lago de agua dulce de la República Dominicana. Hay tortugas jicoteas, garzas de Luisiana, flamencos de Florida y muchas plantas acuáticas endémicas para regalarse la vista. Con las cimas de la Sierra de Neiba como fondo, se podrán sacar fotografías preciosas para impresionar a los amigos al volver a casa.
Otras zonas naturales protegidas engloban el Parque Nacional Jaragua, una gran reserva, árida en comparación con el resto del territorio dominicano, con 130 especies de aves; y el Parque Nacional Sierra de Baoruca, que abarca una exuberante región montañosa alfombrada de orquídeas. El tercer parque de la zona comprende una isla al completo, situada en el centro del lago Enriquillo: el Parque Nacional Isla Cabritos, que acoge múltiples tipos de animales, pero la mayoría de visitantes se acercan para observar los numerosos cocodrilos.
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