La República Checa limita con Austria, Alemania, Polonia y la República Eslovaca, y se divide en Bohemia, al oeste, y Moravia, al este. Esta última constituye una pequeña porción meridional de la región histórica de Silesia, que hoy pertenece a Polonia. Praga, capital de la república y de Bohemia al mismo tiempo, se encuentra situada junto al río Moldava, antes de su encuentro con el río Labe. El país posee paisajes hermosos y variados, con infinidad de montañas, agradables regiones altas, tierras bajas, cuevas, desfiladeros, extensos campos, pantanos, lagos, estanques y embalses. Por desgracia, cuanto más al norte se viaja mayor es la abrumadora polución ambiental y los destrozos causados por la lluvia ácida, consecuencia de una industrialización descontrolada que se inició en el siglo XIX.
A pesar de siglos y siglos de aclarar y talar bosques para practicar la agricultura, éstos siguen cubriendo aproximadamente una tercera parte del territorio checo. Muchas de las áreas boscosas vírgenes que han sobrevivido se hallan en zonas de montaña incultivables. Más allá de la línea arbórea (hacia los 1.400 m de altitud) tan sólo crecen hierbas, arbustos y líquenes. La rica fauna salvaje incluye osos, lobos, linces, gatos monteses, marmotas, nutrias, martas y visones. En los bosques y cenagales son comunes los faisanes, perdices, patos, gansos salvajes y otras aves, que suelen cazarse. Águilas, buitres, quebrantahuesos, cigüeñas, avutardas y urogallos son especies cada vez menos frecuentes.
El húmedo clima continental que afecta a la mayor parte del territorio es el responsable de sus veranos suaves con chaparrones intermitentes, de sus fríos inviernos nevados y, en general, de sus condiciones variables. Julio es el mes más cálido en todo el país, y enero el más frío. De diciembre a febrero, las temperaturas descienden por debajo de los 0C incluso en las tierras bajas, y son gélidas en las montañas. De hecho, no existe una estación seca, y los períodos largos, soleados y calmosos tienden a alternarse en verano con fuertes y repentinas tormentas. El invierno hace posible que la nieve permanezca en el suelo de 40 a 100 días (unos 130 en las montañas) y provoca además la aparición de niebla en las tierras bajas.
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