Historia

Lisboa es una derivación del antiguo nombre de Olisipo. Parece ser que la ciudad se fundó hacia el 1200 a.C. como punto de intercambio comercial de los fenicios. La zona estuvo bajo la dominación romana desde 205 a.C. hasta 409 d.C. y fue Julio César quien le otorgó la categoría de municipio. Los romanos perdieron la ciudad ante los alanos, que fueron expulsados por los suevos y estos, a su vez conquistados por los visigodos. Los musulmanes del norte de África tomaron Lisboa cuando huían de la península Ibérica en el siglo VIII; se quedaron durante 433 años, a pesar de las incursiones de los normandos en 844 y de Alfonso VI de Castilla y León en 1093. Bajo su poder, la ciudad conoció diferentes variaciones de su nombre, como Olissibona, Luzbona, o Lixbuna. Tras sus murallas, los moriscos resistieron asedios de cuatro meses cuando la ciudad fue atacada por los cruzados: ingleses, normandos, portugueses, etc., hasta que la cayó en manos del rey Alfonso Enríquez en 1147.

Durante la etapa del Descubrimiento portugués, entre 1415 y 1578, Lisboa tenía un censo de 65.000 habitantes distribuidos en 23 parroquias. Un gran número de ellos se enriquecieron en ultramar y a su vuelta construyeron lujosas residencias en la ciudad. Los esclavos africanos eran corrientes, puesto que Portugal fue uno de los mayores partícipes de la trata de esclavos. Portugal fue artífice de la ruptura del monopolio veneciano del comercio oriental, gracias a la flota que Vasco de Gama llevó hasta la India en 1498. Entonces se establecieron en Lisboa colonias de comerciantes flamencos, holandeses, franceses, ingleses y alemanes, así como genoveses, griegos y lombardos tras perder su enclave de negocios en Constantinopla cuando la ciudad cayó bajo el poder turco en 1453. Fue la época de Manuel I (1495-1521), bajo cuyo reinado Portugal contribuyó a la arquitectura europea con un estilo singular, de profusa decoración gótica, el estilo manuelino. Sus primeros ejemplos en Lisboa son la Torre de Belén y el Monasterio de los Jerónimos.

Manuel I también promovió el urbanismo del valle que está entre las colinas de Lisboa, creando una plaza, el Rossio, que inmediatamente se convirtió en centro de reunión popular. Construyó también el palacio de Paços da Ribeira junto al Tajo. Aunque toda esta prosperidad resultó ficticia; Juan el Pío, que sucedió a Manuel, llevó la universidad al palacio real de Coimbra, lejos de los excesos de la capital. Invitó a los jesuitas y a la Inquisición a ir a Portugal para luchar contra el materialismo lisboeta. La sede de la Inquisición se instaló en el Rossio, y fue particularmente feroz en su persecución contra los judíos, que eran los financieros, banqueros y prestamistas de la época. Confiscaron los bienes de muchos de ellos, por lo que algunos emigraron a Holanda u otros países, llevándose su dinero y su sabiduría financiera. Como resultado, las conexiones de Lisboa con los mercados extranjeros se interrumpieron y la economía del país sufrió un golpe financiero. En 1578 el rey Sebastián de Portugal murió asesinado. Dos años después los españoles entraron en Portugal y Felipe II se convirtió en rey de los dos países; en 1588 la Armada Invencible salió de Lisboa rumbo a Inglaterra, para ser terriblemente derrotada.

En la mitad de siglo que siguió, Lisboa vivió relativamente tranquila, sirviendo como puerto a los Grandes de España. En 1640 una conspiración lisboeta expulsó a los españoles y restableció la independencia de Portugal gracias a la ayuda de los ingleses, que establecieron una corporación en Lisboa, que se dio a conocer como la Factoría Británica. La Factoría negoció con el gobierno portugués las concesiones de comercio y otros privilegios, e incluso apeló a la presión del gobierno británico sobre las autoridades portuguesas cuando era necesario. La influencia política de Gran Bretaña sobre Portugal se convirtió en una constante y la Factoría subsistió hasta 1810.

Durante el siglo XIX Lisboa continuó su expansión física, y en 1885 la población se había duplicado desde los últimos cien años, alcanzando la cifra de 300.000 habitantes. Se construyeron edificios públicos y llegó el ferrocarril. El mayor cambio en la fisonomía de la ciudad se produjo con la apertura de la avenida principal, la Avenida de la Libertad, adornada con palmeras y fuentes. A partir de aquí comenzó la construcción de nuevas calles y vecindarios, a los lados de la vía. Aunque en la actualidad esta elegante ciudad de blancas casas y bellos jardines ya no es la capital de un vasto imperio colonial, es todavía un importante centro comercial y turístico que conserva en muchos aspectos el sabor del pasado siglo XIX.

Lisboa

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