Los tres valles sobre los que se asienta la Lima metropolitana constituyen un antiquísimo ámbito cultural indígena. En febrero de 1533 llegó Hernando Pizarro y poco después su hermano Francisco. Allí fundaron la nueva capital del que sería el Virreinato del Perú. Al sitio le sobraban ventajas: cercanía del mar, abundancia de agua, tierras fértiles, mano de obra autóctona, buena provisión de leña y apacible clima. El 18 de enero de 1535 Pizarro presidió el rito de la fundación, dando a la nueva y definitiva capital el nombre de Ciudad de los Reyes. Aunque en el habla común esta denominación fue desplazada por la persistente toponimia aborigen.
El trazado de la ciudad fue renacentista, de acuerdo con las instrucciones de Carlos V para la formación de nuevas poblaciones en las Indias. Se trata de un cuadriculado perfecto, de remoto origen romano, con trece manzanas en dirección este-oeste y nueve en dirección norte-sur. Su núcleo administrativo, la Plaza Mayor o de Armas, ofrece a Lima una ubicación excéntrica pegada al río, a fin de que la casa de gobierno ocupase el antiguo palacio de Taulichusco. En la plaza estaban, asimismo, la iglesia mayor y el cabildo. Pero los incas no se desentendieron fácilmente del territorio y un año después de la fundación de la ciudad la capital fue asediada por las tropas de Manco Inca. Sin embargo los indígenas no pudieron tomar la población, aunque en el conflicto perdió la vida Francisco Pizarro no por causa de herida de guerra sino traicionado por uno de sus socios que ambicionaba su cargo de marqués gobernador. A este acto sucedió un periodo de guerras civiles que sólo se tranquilizó el último cuarto de siglo, con el ascenso al cargo Virrey de Francisco Álvarez de Toledo. Sus medidas confirmaron el papel centralista de la capital, sede de los poderes político, judicial y eclesiástico de casi toda Sudamérica. Aquí estaban el Gobierno Virreinal, la Audiencia, el Arzobispado y el Tribunal del Santo Oficio. Consecuentemente, la vida cultural fue intensa: en 1551 se fundó la Universidad de San Marcos, decana de América, y la primera imprenta de América del Sur fue implantada por el turinés Antonio Ricardo en 1584. Por otro lado, las escuelas artísticas europeas florecieron gracias a un apreciable núcleo de pintores italianos, así como escultores y arquitectos españoles. A través de ellos y de sus obras, Lima difundió hacia todo el continente austral las corrientes estéticas fundadoras del arte colonial hispanoamericano. Este esplendor artístico fue posible por la inmensa riqueza, fruto de la explotación minera y la actividad comercial que se concentraban en la capital peruana gracias a los privilegios monopolistas otorgados por la corona. Todo el mineral de Potosí, Huancavelica y otros centros pasaba obligadamente por Lima y su puerto, El Callao. Asimismo, las mercancías llegadas de la metrópoli entraban en el puerto limeño y convirtieron a la ciudad en una gran feria continental. El 20 de octubre de 1687 un gran terremoto aportó un hito trágico a la historia limeña. Buena parte de la ciudad cayó por tierra y suscitó el lamento poético del criollo Juan de Caviedes. A partir de entonces, todo esfuerzo de los arquitectos estuvo encaminado a encontrar técnicas de construcción más apropiadas a las características del suelo. Fue cuando comenzó a tener vigencia el uso de la quincha, sabia mixtura de caña y barro, que dio resistente ligereza a muros y tabiques. La reconstrucción debió ajustarse al lento decaimiento experimentado por la sociedad limeña en el tránsito hacia el siglo XVIII debido al descenso progresivo de la producción minera, al que se sumaron las plagas que afectaban a la cosecha de trigo y el recorte de privilegios comerciales. Otro factor que contribuyó a la decadencia fue la creación de los virreinatos de Buenos Aires y Nueva Granada, así como la capitanía general de Chile. Para complicar aún más las cosas la administración reformista de los borbones favoreció el desarrollo de la costa Atlántica, y así Lima cedió el paso a Buenos Aires. Por diversas razones sociales y estratégicas, Lima se convirtió así en el centro del poderío español bajo el gobierno del virrey Fernando de Abascal, marqués de la Concordia (1806-1817). Desde la capital peruana partieron tropas realistas para apagar, cada vez con mayor dificultad, los brotes independentistas. Tras el desembarco de José de San Martín con el ejército libertador en Paracas (1820) y su instalación en Huaura, donde fue proclamada por primera vez la independencia, se produce la marcha sobre Lima. San Martín, respetuoso de la libre determinación de los pueblos, envió un oficio al cabildo de Lima en el cual consultaba la opinión de los vecinos de mayor probidad y luces. La respuesta se produce el 15 de julio de 1821, en medio de un jubiloso cabildo abierto, cuando se suscribe el Acta de la Declaración de la Independencia. Desde entonces, las actas del cabildo cambiarán el nombre oficial de Ciudad de Los Reyes por el de Ciudad de los Libres. El 28 de julio, fiesta nacional, San Martín proclama la independencia en la Plaza Mayor de Lima, por la voluntad general de los pueblos. Como consecuencia de los cambios políticos, decayó un tanto la vida rural, mientras que la población urbana decrecía. Esto provocó una cierta postración económica que, junto con la inestabilidad derivada del caudillismo militar, fue poco propicia para la realización de obras o la evolución urbana. Por ello estas primeras décadas de historia republicana han sido vistas como una colorida prolongación de la vida colonial. Así lo atestiguan las acuarelas del artista Pancho Fierro. El mariscal Ramón Castilla fue quien, a través de sus dos gobiernos (1845-1851 y 1855-1862), emprendió la gran modernización de Lima. Libertador de los indios y de los esclavos, Castilla hizo trazar las primeras líneas férreas de Sudamérica. Asimismo, se instalaron sistemas de salubridad y de alumbrado público de gas. Lima habrá de vivir una segunda modernización poco después, durante el gobierno del coronel José Balta (1868-1872), cuyo ministro de Hacienda Nicolás de Piérola, mediante el controvertido contrato Dreyfuss, consiguió recabar enormes préstamos para realizar obras públicas. Se trazaron entonces vías férreas, puertos, puentes y muelles. En Lima, el ensanche urbano obligará a derrumbar las murallas coloniales para abrir paso al parque y al palacio de la Exposición Nacional de Industrias (1871), verdadero símbolo del ímpetu progresista característico del momento. Con el cambio de siglo el desarrollo limeño estuvo favorecido por el presidente Leguía, y constituyeron ocasión propicia para ello las fastuosas fiestas del Centenario de la Independencia (1921) y de la batalla de Ayacucho (1924). Nuevos edificios públicos embellecen la ciudad dentro de un proyecto de notoria expansión urbana, para lo cual se trazan las grandes avenidas, como la Arequipa, antes Leguía, entre Lima y Miraflores, que unen el centro de la ciudad con los balnearios y los nuevos barrios.Buscar en la Web más información sobre Lima