Como casi todos los países europeos, la historia de Polonia ha sido atravesada por mil y un avatares desde que en el año 966 el rey Mieszko I, de la dinastía Piast, introduce el cristianismo en el país.
Las primeras noticias sobre este monarca provienen de los archivos de la gran potencia política de la época, el califato de Córdoba, cuyo diplomático Ibrahim ibn Yaqub, un judío de Tortosa, viajó a Cracovia y describió la forma de vida de sus habitantes.
La estratégica situación de Polonia indujo a que su dominio fuera un objetivo de numerosos imperios y reinados, por lo que sus fronteras han estado sujetas a cambios hasta épocas muy recientes.
Polonia llegó a estar unida con Lituania en el siglo XIV, fue invadida por cosacos, suecos, rusos, turcos y tártaros entre el XV y el XVII, en el siglo XVIII fue repartida entre Austria, Prusia y Rusia y en el siglo XX fue ocupada por los alemanes en la II Guerra Mundial y posteriormente estaría incluida entre las naciones soviéticas.
Estos vaivenes históricos han dejado su huella en todo el país, a veces destruyendo su legado y otras enriqueciéndolo sobremanera, pero, en ningún momento, los polacos perdieron su hospitalidad de raigambre eslava ni sus aptitudes para las artes.
Mecida por las aguas del río Vístula, Cracovia pasa por ser una de las ciudades más bellas de Europa, motivo por el cual la UNESCO la ha incluido en su selecto listado de Lugares Protegidos de la Historia Universal.
Si amanecemos en Cracovia y todavía no hemos desayunado nos podemos pasar por Jama Michalika, uno de los locales con más solera de la ciudad, para ir tomando el pulso a lo que bulle en su casco histórico. Desde allí podremos escuchar perfectamente al músico que, cada hora, hace resonar una trompeta desde la torre de la iglesia de Santa María. El ritual viene repitiéndose desde la Edad Media y hoy en día se utiliza como señal horaria en las radios de todo el país.
Santa María está ubicada en la Plaza del Mercado, centro neurálgico de Cracovia desde el siglo XIII y punto de encuentro de propios y extraños. Lo habitual entre los habitantes de la ciudad es quedar junto al pie de la estatua del poeta Adam Mickiewicz para luego elegir alguna de las terrazas que jalonan la plaza y tomarse algunas de las numerosas marcas de cerveza nacionales.
En la Plaza del Mercado encontraremos ejemplos de la arquitectura polaca de los siglos XIV y XV y no es extraño que nuestra visita coincida con la celebración de algún concierto, feria o festival, eventos que suelen celebrarse durante primavera y verano. En invierno, la actividad de los habitantes de Cracovia se muda a las bodegas de los edificios históricos del centro, donde se desarrolla una animada vida cultural que gira en torno al jazz. Los más de cien mil estudiantes universitarios de Cracovia procuran que el ambiente nocturno en los sótanos polacos no decaiga en ningún momento.
En Cracovia podremos sentarnos a la mesa del restaurante europeo que más tiempo lleva en activo. Nada de Haciendo las mejores paellas desde 1942, en el restaurante Wierzynek el cartelito de la entrada exhibe orgulloso su fecha de inauguración: 1364, año en el que el cocinero Mikolaj Wierzynek preparó un fabuloso banquete en honor de la nieta de Casimiro el Grande. Aquí o en alguna de las muchas tabernas populares que encontraremos en Cracovia podemos degustar la comida tradicional polaca, capitaneada, como mandan los cánones eslavos, por exquisitas sopas como la barsszcz, con remolacha y raviolis.
En verano podemos tomar sopas frías como la chlodnik o la botwinka. Las empanadas (llamadas aquí pierogi), rellenas de miles de cosas, la carne tártara y los arenques son otros de los platos típicos, aunque el monumento gastronómico por excelencia de Polonia es el bigos, un guiso de carne, tocino, col, cebolla, ciruelas y vino tinto cuya elaboración puede alargarse hasta tres días.
Saciados y recompuestos no estará de más que empleemos las energías adquiridas en la visita de la colina Wawel, donde se ubican el Castillo Real, la Catedral de Wawel y las criptas donde reposan los restos de buena parte de los monarcas polacos.
Si disponemos de algo más de tiempo no podemos dejar de visitar las Minas de Sal de Wieliczka, un lugar realmente sorprendente que se encuentra a 10 kilómetros de Cracovia. Con 300 kilómetros de galerías dispuestos en nueve niveles, las minas de Wieliczka son un auténtico monumento al esfuerzo humano. Hoy en día se han habilitado para realizar actos culturales y, lejos de producir sensaciones de opresión o peligro, se han convertido en un espacio lleno de encanto, con cámaras amplísimas cuyos techos ascienden hasta los treinta metros de alta y donde es posible desde cenar con los amigos, escuchar un concierto de música clásica o someterse a un tratamiento terapéutico para mejorar el sistema respiratorio.
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