En el duro invierno de 1334, el viajero tangerino Ibn Battuta recaló en Estambul para preparar uno de sus viajes al interior de Asia. Por aquel entonces, aquella ciudad aún se llamaba Constantinopla y pertenecía al Imperio Bizantino, aunque ya existía en el siglo XIV un barrio llamado Istanbul y otro denominado Galata, separados ambos por una ría que hoy en día se conoce como Cuerno de Oro (o Haliç). Algo más de un siglo después de que Ibn Battuta visitara la ciudad, Estambul fue tomada por los turcos y pasaría a convertirse en la capital del Imperio Otomano, viviendo una larga época de esplendor que dejaría una profunda huella en su aspecto actual.
Aunque en nuestros días el centro administrativo de Turquía está en Ankara, Estambul sigue siendo, sin ninguna duda, el foco de irradiación cultural y espiritual más potente del país. Esta característica se la proporciona no sólo su bello legado arquitectónico, sino que se basa también en su carácter cosmopolita, fruto del encuentro cotidiano entre oriente y occidente, y su añeja mezcla de culturas y religiones. En Estambul se dan cita musulmanes, cristianos ortodoxos, católicos, turcomanos, armenios, kurdos y griegos... Un buen puñado de etnias y espiritualidades que consiguen proporcionar mil y una tonalidades diferentes a esta ciudad asiática y mediterránea a la vez.
No suele haber discusión a la hora de señalar cuáles son las dos joyas de la corona de Estambul: Aya Sofía y la Mezquita de Ahmet. Sin embargo, sí que pueden abrirse diatribas acerca de cuál de los dos edificios es más bello y majestuoso. Sin lugar a dudas, la Mezquita del Sultán Ahmet, también conocida como Mezquita Azul, es más rutilante, de más envergadura y mejor situada que Aya Sofía. Pero Aya Sofía tiene en su haber ser la más antigua y genuina, la que guarda en su interior el secreto arquitectónico que luego se aplicó a la Mezquita Azul y que permitió levantar, por primera vez en la historia, una enorme cúpula sobre una base cuadrada. Durante 916 años Aya Sofía fue templo cristiano, hasta que en 1453 se la convierte en mezquita. En 1935, Kemal Ataturk la despoja de su valor espiritual y la convierte en el museo que es hoy en día.
La Mezquita Azul fue construida durante el reinado de Ahmet I, entre 1603 y 1617. Su interior acogía el templo propiamente dicho, una escuela coránica, un asilo, un zoco de artesanía, un kervanseray (o almacén habilitado para guardar bestias de carga), una fuente y un külliye, o centro religioso. Su perfil, escoltado por seis minaretes, es uno de los símbolos más conocidos de la ciudad.
Otro espectacular edificio religioso de Estambul es la mezquita de Solimán el Magnífico, un magnífico templo para cuya construcción el sultán Solimán que consiguió la máxima expansión del Imperio Otomano durante su reinado mandó llamar al arquitecto Sinan, del que se decía que no necesitaba planos para diseñar sus edificios.
Destino turístico por excelencia es el Palacio de Topkapi, o Topkapi Sarayi, un complejo palaciego de extensión inaudita (abarca 700.000 kilómetros cuadrados) y en cuyo interior vivían, en tiempos del Sultán Mehmet, 5.000 personas. Hoy en día recibe la visita anual de más de un millón y medio de turistas que acuden a él para contemplar sus espectaculares colecciones de arte, de las que sólo se muestra un 10% debido a problemas de espacio y personal.
Quizá el mejor modo de hacerse una idea general de Estambul sea recorrer en barcaza los 8 kilómetros que componen el Cuerno de Oro, llamada por los turcos Haliç, y que divide la parte europea de Estambul en dos zonas: el casco viejo y el barrio Galata. Desde la época de Justiniano, diez puentes se han levantado sobre Haliç para sortearlo, y bajo ellos pasan las numerosas embarcaciones que lo recorren de un extremo a otro. El mejor momento para disfrutar de una travesía por el Cuerno de Oro es al atardecer, cuando los rayos del sol caen oblicuos sobre las cúpulas de las mezquitas y los muecines llaman a la oración del Magrib.
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