A primera vista, Puerto Vallarta parece esos lugares cuya oferta turística resulta tan diversa y sugerente que algunos hasta dudan de su espontaneidad histórica. ¿Se tratará en realidad de un emplazamiento situado estratégicamente para captar la atención de todas las edades y granjear la mayor rentabilidad posible? o ¿Una ciudad artificial creada por los explotadores turísticos?.
La historia se encarga de refutar cualquier duda sobre la natural belleza de esta región situada en el occidente mexicano. Ya desde el siglo XVI, los marineros españoles que iban de expedición a Baja California repostaban en las bellas playas de la Bahía Banderas, sobre el Océano Pacífico. Allí, en esas tierras de exuberante belleza, que se debatían entre la arena dorada, el agua clara del mar y las densas montañas, se abastecían de leña, líquido y comida.
Más tarde, aquel paraje natural se transformó en astillero, aunque ningún poblado se había asentado aún definitivamente. Recién en el siglo XIX se fue desarrollando la localidad de Las Peñas, entre las dentudas sierras, el océano y la desembocadura del Río Ameca. En 1880, el pueblo innominado ya contaba con un millar y medio de habitantes, y cinco años después abría sus muelles a la navegación nacional bajo ese nombre.
Hoy, este puerto recibe los elogios de todos los que llegan a él por mar, tierra o aire desde los orígenes más lejanos y en busca de las experiencias más diversas. Y no son pocos. Puerto Vallarca es el segundo destino más visitado de México, con 2,2 millones de turistas al año. La variedad de sus paisajes y la rica oferta de actividades lo convierten en un lugar ideal para cualquier viajero.
Su sistema de infraestructura turística recibe gente con intereses muy distintos: parejas que festejan su luna de miel, grupos de abuelos que buscan descanso, personas con deseos de distanciarse del mundo o jóvenes ansiosos por explorar los límites de la naturaleza y los confines de la diversión nocturna. Un público nutrido por europeos y estadounidenses quienes acceden fácilmente desde Los Ángeles, Dallas, Houston, Chicago o Fénix, que llegan a estas costas para descansar, divertirse o descubrir.
Las propuestas son cuantiosas. Locales de gastronomía donde puede saborearse típicas delicias mexicanas y una nutrida degustación de frutos marinos; locales de ocio que transforman el apacible poblado en una centro de diversión inconquistable que, sin embargo, respetan la bella arquitectura colonial y sus calles adoquinadas; tiendas para los más consumistas; deportes de aventura para quienes buscan experiencias adrenalínicas o ecoturismo para los deseosos de sentir la naturaleza a flor de piel.
Las montañas serradas y cubiertas por una espesa maleza auspician de escenarios idóneos para desarrollar excursiones, esforzados recorridos en bicicleta o travesías en jeeps especiales por terrenos borrascosos. Por las arrugas de los gigantes de piedra descienden, ligeros, ríos cristalinos aptos para practicar kayak o para descender con sogas, ante la atenta mirada de algún ave perteneciente a una de las más de 200 especies que habitan esos parajes.
El río Ameca, que desemboca en el mar y pasa cerca del pueblo, brinda sus frutos y su tranquilidad a los amantes de la pesca. El sosiego que baña sus costas emana del verdor de las montañas. Por allí desfilan caballos cuyos jinetes buscan domar la naturaleza a ritmo de galope.
El verdor contrasta frenéticamente con las amarrillas playas de la bahía, que se extiende a lo largo de 42 kilómetros. Sobre ellas reposan al sol quienes pretenden alejarse del bullicio mundano y perder su mirada en la garza inmensidad. En ella, algunos ponen a prueba sus escrúpulos montando sobre las encumbradas olas a bordo de tablas de surf o winsurf. Mientras otros prefieren sumergirse para observar el comportamiento de los sublimes monstruos que sondean las profundidades. Otra vez en la superficie, el Pacífico ofrece espectáculos inolvidables, como la danza de los delfines o los pesados chapoteos de las ballenas, que pueden avistarse desde embarcaciones.
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