Nada extraño hay en advertir la esencia artificial de Las vegas. Una esencia cuya pureza radica en haber nacido justamente con ese fin preciso: convertirse en el paraíso de la diversión, en el oasis lúdico del hombre. Un oasis que recibe 5 centímetros cúbicos de lluvia por año y que, por tanto, debe importar agua para mantener sus variopintas flores, verde césped y palmeras frondosas.
Un oasis mentado en 1946 por un bandido, de esos del viejo oeste, llamado Bugsy Siegal, quien edificó el primer complejo hostelero (el Flamingo) que abrió paso al desarrollo de la ciudad, en medio del desierto de Nevada; y que un año después moría en Hollywood baleado a quemarropa sin poder ver plasmado su sueño. Un oasis del que beben más de 28 millones de viajeros al año, que cuenta con una población de un millón y medio de residentes y otro tanto de turistas en temporada alta.
De hecho, Las vegas es uno de los principales destinos turísticos del país y su apelativo de ciudad del pecado (Sin city en inglés) tiene justificación, al menos para los más recatados. Popularidad del juego y apuestas legales, disponibilidad de bebidas alcohólicas a cualquier hora (como en toda Nevada) y legalidad de la prostitución en los condados vecinos (ya que en los de más de 400 habitantes la prohíben) brindan a quienes gustan de estas actividades la posibilidad de prolongar la fiesta infinitamente.
La palabra casino se asocia estrechamente a esta ciudad, reflejada por el imaginario cinematográfico como el paraíso del esparcimiento. Las salas de apuestas colman la ciudad y se albergan directamente en los hoteles, que cuentan, como mínimo, con dos mil habitaciones. La imagen más explotada refiere al Boulevard Las Vegas, conocido como "la Strip", que penetra en la ciudad desde el sur hasta el centro. Los casinos y complejos turísticos más importantes se asientan sobre esta famosa vía, que por la noche se tiñe de la fluorescencia multicolor despedida por millones de neógenos que transforman la urbe en una discoteca gigante.
Así como el juego, el entretenimiento también caracteriza a esta ciudad. Un mínimo de 50 espectáculos distintos organizados por los grandes casinos nutren las noches. Cientos de funciones menores, en bares, clubes nocturnos y teatros complementan la ajetreada agenda. Los espectáculos principales (que brindan salas como el Grand Garden Arena en el MGM Grand Casino) cuentan con estrellas musicales y actorales, y cuestan entre 50 y 150 dólares. Los espectáculos tradicionales, como los de Tom Jones, Wayne Newton, Danny Gans, cuestan entre 60 y 80 dólares, y exhiben a magos, cantantes, bailarines y cómicos, que vienen desde hace años presentándose.
La extravagancia cobra vida en las grandes producciones, con funciones como las del Cirque du Soliel y otros formatos, como revistas, retrospectivas, conciertos de rock o show girls.
Más allá del jolgorio, Las vegas representa una rareza arquitectónica digna de transitar. Una ciudad espectacular en sí misma, con intervenciones grandilocuentes, donde conviven una réplica de la Esfinge egipcia, mayor a la original, posada sobre una pirámide de vidrio, un castillo semejante a los del medioevo o una réplica de partes de Nueva York, con el perfil tridimensional de sus edificios, el puente de Brooklyn y la estatua de la Libertad.
Pero el turismo en Las Vegas no se agota allí. La ubicación de esta ciudad es idónea para coger un coche, o un autobús, y viajar algunas horas hacia destinos naturales impresionantes situados al sudoeste de Estados Unidos. Entre ellos: el Cañón Roca Roja (a 20 millas al oeste de la ciudad), el Parque Nacional Gran Cañón, una de las maravillas del mundo (a 150 millas al este) o el Parque Nacional Valle de la Muerte (a 150 millas).
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