Centros comerciales majestuosos se erigen uno al lado de otro; sus puertas escupen y tragan gente insaciablemente. Cualquiera que pasee por las calles Huaihai y Nanjing, núcleo comercial de la ciudad, observa el consumismo severo que se impone como patrón de conducta de muchos de quienes la visitan y de quienes residen en ella; 11 millones de habitantes, de los cuales 7,3 millones viven en el centro urbano de 748 kilómetros cuadrados. Por algo Shanghái se ha ganado el mote de paraíso de las compras. Un paraíso, eso sí, con temperaturas que alcanzan los 40 grados en verano y cuya cercanía con las aguas le aportan una buena dosis diaria de humedad.
El comercio sobresale en su historia. Aunque el mar queda a 40 kilómetros de la ciudad y el río a 20, la intensa actividad portuaria durante los años 30 la consolidan como la puerta al mar más populosa y próspera del gigante oriental.
Antes incluso, durante el siglo XIX, conforma el bocadillo disputado por los intereses occidentales merced a su ubicación estratégica para el comercio entre los dos hemisferios: el Golfo de Hangzhou la toca al sur, las provincias de Zhejiang y Jiangxu, al oeste, la desembocadura del río Changjiang (uno de los más largos del mundo), al norte y al este el Océano Pacífico.
En 1842, tras la Guerra del Opio, Shanghái se ve obligada a abrirse a los extranjeros. Asoman las diferencias entre el progreso económico de estos últimos y de los habitantes locales, aunque la cordialidad marca siempre el trato entre unos y otros: intereses mutuos obligan. De hecho, el contacto con el mundo occidental y su importancia como vía de comunicación por su cercanía con el río del Yangzi colaboran con el desarrollo económico de este municipio. Hoy, la manufactura de telas, metales y barcos importan más para la economía de esta metrópolis que el comercio ultramarino. La seda de Shanghái es reconocida internacionalmente por su calidad, por ejemplo.
Su desarrollada infraestructura incide para que la nominen sede de la Expo 2010. Ya le había valido el alojamiento del circuito de fórmula uno en 2004. Jin Jiang Tower, Hotel Four Seasons, Four Seasons, Grand Hyatt, Grand Pacific, Hongqiao State Guest o Howard Johnson All Suites son alguno de los hoteles de cinco estrellas preparados para albergar a exigentes turistas y hombres de negocios.
El intercambio comercial y turístico pasa por el aeropuerto de Hongqiao, que queda a 12 kilómetros del centro de la ciudad, uno de las terminales internacionales más importantes de China. El viajero tarda 40 minutos en taxi para llegar al casco urbano. Una vez aquí, las calles estrechas lo transportan por el centro del Shanghái de hace siglos. Muy cerca de allí, sobre la calle Nanjing, aflora la vida cultural y comercial: teatros, cines, tiendas y numerosos restaurantes ofrecen sus servicios al turista encandilado por el dinamismo de esta metrópoli.
El Malecón de Shanghai, sobre la calle Waitan, demuestra la influencia occidental en la arquitectura de las construcciones enfrentadas al mar. Y el Hotel de la Paz, el Edificio de Aduanas, el Banco de China se alzan como testigos del contacto entre un mundo y otro.
Varios templos dedicados a deidades orientales brindan su atractiva arquitectura y misticismo. Entre ellos, el templo del Buda de Jade o Yufo Si, con sus 8 mil metros cuadrados y sus cientos de años de vida. El templo de los Dioses de la Ciudad o Cheng Huang Miao exhibe sobre el tejado las efigies del guerrero chino Guang Gong. Detrás de éste se extiende el jardín de las Nubes Púrpuras o Qui Xia Pu, sólo uno de estos espacios verdes exquisitamente adornados que propone Shanghái al turista. Además está el jardín del Mandarín Yu o Yu Yuan, de dos hectáreas de diámetros.
Para los más inquietos, los alrededores de Shanghái también constituyen puntos interesantes. Por ejemplo, el Lago Dingshan, a 64 kilómetros al oeste de la capital, cuyas playas marcan la frontera con la provincia de Zhenjiang.
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