Historia recente
Hoy día, Heidelberg cuenta con 28.000 estudiantes (muchos de ellos extranjeros), mucha tradición y una fabulosa vida nocturna con numerosos bares.
La ciudad sigue siendo un importante centro de investigación: institutos como el Centro Alemán de Investigación sobre el Cáncer, el Laboratorio Europeo de Biología Molecular y un centro de IBM están situados en Heidelberg. La ciudad es también la base de distintas instalaciones militares norteamericanas.
Historia moderna En la Alemania industrial unificada, Heidelberg siguió atrayendo a los pensadores, y la universidad se convirtió en un importante centro de investigación científica, por el que pasaron varios premios Nobel. El espíritu intelectual de Heidelberg se vio bruscamente interrumpido con la llegada al poder del Nacionalsocialismo a finales de la década de 1930. La universidad, obligada por las normas del partido, perdió a muchos de sus profesores judíos. Otros se vieron obligados a abandonar la enseñanza, entre ellos el filósofo Karl Jaspers, abiertamente crítico con el nazismo. En 1936 los nacionalsocialistas cambiaron las palabras de la entrada de la universidad: 'Por el Espíritu Libre' se convirtió en 'Por el Espíritu Alemán'. Heidelberg no sufrió los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y, en 1945, Jaspers y otros profesores expulsados durante el Tercer Reich volvieron a abrir la Universidad.
Historia pre Siglo XX
Millones de turistas acuden a Heidelberg siguiendo los pasos de los románticos del siglo XIX, sobre todo del poeta Goethe. El pintor inglés William Turner también fue un gran admirador de la ciudad, que le sirvió de inspiración para algunos de sus mejores paisajes.
Menos amable fue la experiencia de Mark Twain, que en 1878 comenzó sus viajes por Europa pasando tres meses en Heidelberg; Un vagabundo en el extranjero es el relato de sus observaciones.
Heidelberg atrajo a sus visitantes por su mezcla de ruinas románticas y su notable unidad arquitectónica. Este armonioso paisaje urbano de rojos tejados fue creado en el siglo XVIII, tras haber sufrido la ciudad unos años particularmente duros: devastada por la Guerra de los Treinta años a comienzos del siglo XVII, Heidelberg fue incendiada y casi destruida en 1693 por los invasores franceses.
Heidelberg era una ciudad nueva cuando llegó a ser la principal ciudad universitaria de Europa, y es este pasado medieval lo que confiere a la ciudad su encanto. El castillo que domina el río Neckar desde lo alto de una colina fue el hogar de muchos príncipes, cuyas mejoras (y batallas) a lo largo de los siglos convirtieron esta fortaleza gótica en un edificio ecléctico e impresionante.
Desde lo alto de la colina, los príncipes imperiales de Heidelberg convirtieron la ciudad en un centro de esplendor. La universidad de Heidelberg, la más antigua de Alemania, fue fundada en 1386 por el bávaro Ruperto I. En el siglo XVI los eruditos de Heidelberg fueron muy activos en la Reforma, pero la sangrienta década de 1600 no tardaría en marcar el declive de la universidad.
Esta situación se prolongó hasta 1803, cuando el Príncipe Karl-Friedrich de Baden dio nueva vida a la institución. La universidad, llamada ahora Ruprecht-Karl por sus protectores imperiales, alcanzó la fama durante el siglo XIX. Pasaron por ella pensadores de la talla del filósofo Hegel y el matemático Königsberger.
Pero, como sugieren las viejas cervecerías de Heidelberg, no todo era estudiar. Desde 1778 hasta finales del siglo, los estudiantes castigados por alguna fechoría (como cantar, las mujeres, beber o, simplemente, perder el tiempo) eran enviados a la Studentenkarzer, o cárcel de estudiantes (ahora transformada en museo). Las sentencias solían ser por un mínimo de tres días, y los detenidos sólo podían tomar pan y agua; los delincuentes con sentencias más largas podían interrumpir su estancia por razones críticas (por ejemplo, para hacer un examen). En algunos círculos era obligado pasar un tiempo en la Karzer, como demostración de hombría (no se encarcelaba a las mujeres). Los detenidos pasaban el tiempo grabando inscripciones y dibujos que aún hoy cubren las paredes.
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