Hotel Intur Palacio San Martín
Este precioso hotel se halla en una pintoresca plaza, y ofrece un lujo sencillo en habitaciones que conservan restos de la elegancia contenida de sus años de gloria. Aunque el edificio ha tenido muchas finalidades, en su origen fue la embajada de EE UU en Madrid, en el s. XIX. Se conservan muchos elementos de esa época.
Las habitaciones son amplias y soleadas, con una gruesa moqueta roja y camas enormes. La comodidad también es una prioridad: sus colchones son tan blandos que el que se hunda en ellos no querrá levantarse nunca. El mobiliario antiguo – secreter, cómodas y mesillas de noche - complementa a la perfección el estilo clásico del hotel. No hay nada que desentone en el estilo anticuado y armonioso que impera en todos los cuartos, decorados con flores frescas. Las zonas comunes también evocan una época en la que se cuidaba el detalle y el lujo era primordial. El patio interior es ideal para relajarse junto a un café al sol. El único inconveniente es que la plaza frente al hotel no es la más sana de la ciudad: los borrachos pueden ser un problema.
Catalonia Moratín
Si se prefieren los antiguos palacios transformados en hoteles, éste es el lugar ideal. Las zonas comunes son exquisitas. Su bonito y soleado patio, discretamente decorado con palmeras y arena, así como la majestuosa escalinata flanqueada por leones de mármol, son los signos más evidentes de su distinguido pasado del s. XVIII.
Aunque las habitaciones pueden ser algo decepcionantes después de tan magnífica entrada, tienen un encanto rústico, con una paleta de colores sencilla y cálida, suelos de parqué y balcones en todos los cuartos. Las que dan al patio interior son, cosa poco habitual, tan atractivas como las que dan a la calle. Además, estas últimas han merecido nuestro premio a la habitación de mejor aislamiento acústico de Madrid: cuentan en las ventanas con el acristalado doble que adora la gente de sueño ligero. El ruido de Madrid desaparece al atravesar la puerta del hotel. Si el viajero prefiere las zonas comunes palaciegas, tiene mucho donde elegir, incluido un sofisticado restaurante, la biblioteca y sala de lectura y un bar. Cuando se baja para cenar, se pueden admirar los dibujos del arquitecto sobre la disposición original del palacio, desvaídos pero evocadores. El servicio es atento y la relación calidad-precio, extraordinaria.
Santo Mauro
Un hotel maravilloso; provoca el deseo de mudarse aquí cuando sus adorables empleados afirman: "está usted en su casa". Cuenta con habitaciones modernas decoradas con muy buen gusto, preciosas zonas comunes reformadas, una piscina cubierta y un jardín encantador donde se sirven cenas: fenomenal para el verano.
Café Central
Este bar art decó es estupendo para tomar la primera copa. Además, a partir de las 22.00, el Café Central se convierte en uno de los mejores locales de jazz de Madrid. Hay actuaciones nocturnas de todo tipo: desde jazz latino hasta fusión, tango y jazz clásico, y el precio de la entrada es bastante razonable.
Museo Chicote
Se dice que el fundador de este clásico madrileño inventó más de cien cócteles, que celebridades como Hemingway y Ava Gardner disfrutaron en algún momento. Siguen acudiendo a él estrellas de cine y famosos, y es más divertido a partir de medianoche, cuando termina el ambiente tranquilo y pinchan algunos de los mejores DJ de la ciudad.
Taberna de Cien Vinos
Este bar de vinos sin pretensiones es uno de los más prestigiosos de Madrid. Su decoración clásica y sus simpáticos camareros han sobrevivido a muchas modas, y se han granjeado una parroquia regular y muy leal. Se pueden tomar copas sueltas o encargar una botella.
El Eucalipto
Sería imperdonable perderse este diminuto y encantador bar con su amor por todo lo cubano, desde la música hasta la clientela y los cócteles caribeños. Como es de esperar, sus mojitos están muy por encima de la media, y las mesitas en la calle permiten disfrutar en primera línea del colorido ambiente de Lavapiés.
Palacio Gaviria
Un elegante palacio transformado en una de las discotecas más conocidas de la ciudad. Ideal para conocer madrileños. Los clientes son bastante jóvenes y bulliciosos, y las colas largas. Los jueves celebran la noche de estudiantes extranjeros y de música house: las relaciones internacionales nunca habían sido tan divertidas.
Justo Algaba
¿Alguien se muere por ser torero pero no sabe por dónde empezar? Aquí vienen los toreros de Madrid para hacerse su complicado traje de luces (la indumentaria tradicional para salir al ruedo). Un traje a medida puede costar a partir de
Camper
No todo en la moda española es alta costura. Esta marca mallorquina de estilosos y modernos zapatos tiene, además de fama mundial, tiendas por todo Madrid. Hace diseños de zapatos de bolera elegantes, con dibujos vistosos y frescos, siempre muy cómodos. La gama Camper es muy amplia, y los precios son muy atractivos comparados con los de otras ciudades occidentales.
El Flamenco Vive
¿Cómo se puede venir a este país sin asomarse al mundo del baile español? En este templo del flamenco hay de todo: guitarras, discos, trajes de faralaes, zapatos de baile, obras. Los amables dependientes también aconsejan sobre los mejores tablaos de Madrid.
Bocaíto
El cineasta Pedro Almodóvar dice que este bar restaurante, de estilo tradicional madrileño, es el mejor antidepresivo. Nada de sentarse: las tapas se toman en la barra. Se piden unas raciones, se riegan con un buen tinto o unas cañas, y a disfrutar de su divertido ambiente.
Lhardy
Todo un clásico de Madrid (fundado en 1839), es una elegante joya de bocados deliciosos para los sibaritas en busca de una cena de tapas. También dispone de un comedor, y las especialidades de la casa son platos típicos madrileños como los callos (tripas de vaca) y el cocido (estofado con garbanzos, carne de vacuno, tocino, morcilla y chorizo), así como perdiz estofada.
Restaurante Julián de Tolosa
Mientras muchos restaurantes de auténtica comida regional española apuestan por una decoración sombría y tradicional, este elegante restaurante navarro tiene una estética sutilmente moderna para acompañar su excelente carta: el chuletón para dos es fabuloso. También destacan los buenos vinos de Navarra y las alubias rojas de Tolosa.
El Pazo del Pulpo
Cerca de la plaza de toros destaca este innovador restaurante gallego, de decoración marinera, y con el típico y suculento marisco gallego. El salpicón (ensalada) de centollo es delicioso y el menú del día tiene un precio muy ajustado para un establecimiento de tal elegancia.
La Trucha
La Trucha es un bar emblemático, y uno de los mejores para tomar tapas de Madrid. Se puede elegir en una larga lista de tapas deliciosas, o dejar que los simpáticos camareros decidan por uno. Tienen mesas, pero casi todo el mundo prefiere apiñarse en la barra, elegir algunos platos y colocarse por ahí.
Embajada alemana
Embajada francesa
Embajada australiana
Comisaría de Huertas
Una comisaría muy céntrica
Embajada británica
Centro de Arte Reina Sofía
Ocupando el antiguo Hospital General de San Carlos (s. XVIII), este museo aloja la mejor oferta madrileña de arte moderno y contemporáneo español, sobre todo del s. XX y hasta la década de 1980-1990. Para la mayoría, la gran atracción es el Guernica de Picasso, pero hay muchos más pintores interesantes, como Joan Miró, Vassily Kandinsky y Salvador Dalí.
Museo del Prado
Transformado en 1819 de museo de ciencias naturales a depósito del arte español de las colecciones reales, el Museo del Prado aloja más de 7.000 obras. Las colecciones más completas son las de pintura española de los ss. XVII y XVIII, con genios como Velázquez, Goya y Ribera. Es todo un festín artístico, y para muchos el principal motivo de un viaje a Madrid.
Bienvenidos a una de las mejores y más importantes pinacotecas del mundo. Los más de 7.000 cuadros colgados en sus paredes (aunque menos de la mitad se exponen al público) son como una ventana a las divagaciones del alma española, grandiosa e imperial en las pinturas reales de Velázquez, oscura y descarnada en las pinturas negras de Goya y más abierta en las sofisticadas obras de arte del resto de Europa. Se recomienda una visita lo más amplia posible o, mejor aún, planificar un par de visitas, porque puede ser abrumador intentar absorberlo todo en una sesión. Parte del atractivo del Prado reside en el edificio que lo alberga, una obra maestra en sí mismo, aunque sus orígenes no fueron tan gloriosos. Terminado en 1785, el palacio neoclásico de Villanueva fue concebido como Gabinete de Ciencias Naturales para alojar un museo de historia natural y laboratorios, pero se utilizó como cuartel de caballería de las tropas napoleónicas durante su ocupación de Madrid entre 1808 y 1813. En 1814, Fernando VII decidió usar el palacio como museo, movido más por la falta de espacio para almacenar todas las obras de arte de la corona que por ideales cívicos: en esta época el arte era estaba bajo dominio monárquico. Cinco años después, el museo del Prado abría sus puertas con una muestra de 311 cuadros de autores españoles. Y ya no hubo marcha atrás. Se puede entrar por la puerta sur, la de Murillo, pero aconsejamos subir la escalinata y entrar por la Puerta de Goya, al norte. De esta forma, uno se sumerge inmediatamente en la grandiosidad de este antiguo palacio, y aparece en medio de una colección de valor incalculable.
Después de la zona de entrada, empieza un viaje fascinante por el vestíbulo principal, antaño presidido por la realeza española. En la primera sección, la sala 24, hay algunas obras intensas, casi irreales, del maestro del s. XVI El Greco, cuyas figuras se caracterizan por ser esbeltas y torturadas, y cuyo lugar destacado contrasta con el hecho de que Felipe II lo rechazara como pintor de la corte. El rey prefirió a Tiziano, cuyas obras quedan cerca. Estos dos pintores son una introducción maravillosa a la increíble colección del Prado. Por el vestíbulo principal, a mitad de camino a la izquierda, se entra en la sala 12, que aloja los cuadros extraordinariamente llenos de vida de uno de los grandes maestros de la pintura española. Casi todo el mundo viene a ver Las Meninas, una de las muchas obras de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, y de las más conocidas del Prado. Pintada en 1656, su verdadero título es La familia de Felipe IV. El propio Velázquez aparece retratado a la izquierda y, en el centro, la infanta Margarita. Pero hay mucho más en este cuadro: el artista se retrata a sí mismo pintando a los reyes, cuyas imágenes aparecen, según algunos expertos, en unos espejos detrás de Velàzquez. En esta obra alcanza la perfección en su dominio de la luz y el color. Un detalle curioso, aparte del valor de pintarse a sí mismo en compañía de los reyes, es la presencia de la cruz de la Orden de Santiago en su pecho. Por lo visto, el pintor estaba obsesionado con obtener un título nobiliario. Lo consiguió poco antes de fallecer, pero en este óleo se hizo miembro de la orden años antes de serlo realmente. Hay muchas más obras interesantes de Velázquez en las salas 14 y 15, pero se recomienda volver al vestíbulo principal, pues en la sala 29 se hallan sus magníficos retratos ecuestres de diversos miembros de la realeza (Felipe II, Felipe IV, Margarita de Austria [más joven que en Las Meninas], el Príncipe Baltasar Carlos e Isabel de Francia); pero también es verdad que ninguna obra de Velázquez decepciona. A estas alturas, el viajero ya se habrá acostumbrado a la iluminación, sutil pero estratégicamente colocada, del Prado, y a sus techos altos, que hacen de éste uno de los mejores locales de exposición del mundo, donde las pinturas parecen salir del lienzo. La sala 32 es la presentación de Francisco José de Goya y Lucientes, el maestro español más representado en la colección del Prado. Para captar la magia de Goya en los más preciados cuadros de este prolífico pintor se recomienda un acercamiento selectivo. En la sala 22, en el segundo piso, cuelgan sus óleos más enigmáticos y de mayor fama internacional: La maja vestida y La maja desnuda. Estos retratos de una mujer desconocida, aunque se cree que fue la duquesa de Alba (que podría haber sido amante de Goya) son idénticos excepto por la ausencia de ropa del último. A continuación se puede disfrutar del resto de obras de Goya (cuadros en las salas 19-22, y los cartones para tapices, cuadros religiosos y dibujos están en la 2ª planta) pero se recomienda ir a la sala 39, donde ocupan un lugar destacado las dramáticas escenas de El Dos de Mayo y El Tres de Mayo. Se trata de dos de los cuadros más emblemáticos de Madrid, que plasman la sublevación de 1808 contra los franceses y el posterior fusilamiento de los insurgentes en esta ciudad. Ahora, el viajero ya debería estar preparado para más obras oscuras y torturadas de los últimos años de Goya, sus pinturas negras (salas 35-38), llamadas así porque en ellas dominan los marrones oscuros y el negro, y por el aspecto distorsionado y bestial de sus personajes. Están muy bien expuestas, con una iluminación idónea para el humor sombrío que evocan. Saturno devorando a su hijo es una de los más espeluznantes, pero, para captar la esencia del genio de Goya, La Romería de San Isidro y El akelarre (El gran cabrón) no tienen rival. El primero evoca una masa de personas torturadas retorciéndose, mientras que el segundo está dominado por los rostros apremiantes de las almas condenadas. Los dos cuadros están colgados uno frente al otro en la sala 38.
Después de haberse empapado de la esencia del Prado, el visitante puede navegar libremente entre las diversas obras maestras que quedan. Si la pintura española ha despertado su curiosidad, las figuras severas de Francisco de Zurbarán dominan las salas 17A y 18A, mientras que Bartolomé Esteban Murillo (salas 28 y 29) y José de Ribera (sala 16) también deberían entrar en el itinerario. Otra alternativa es la excelente colección de pintura flamenca. Las figuras rollizas y los querubines redondos de Peter Paul Rubens (1577-1640) son un antídoto eficaz para la oscuridad de muchos otros pintores flamencos, y se puede disfrutar en las salas 8-11. Su famosa Las Tres Gracias está en la sala 9, y la La adoración de los Reyes Magos destaca en la sala 9B. Cerca se hallan otras obras de primera fila como las de Anton Van Dyck (salas 9B, 10A y 10B) y el imprescindible Rembrandt en la sala 7. Pero el cuadro más extraño y fantástico del Prado quizá sea El jardín de las delicias de El Bosco (c1450-1516), colgado en la sala 56, en la planta baja. Nadie ha podido dar una interpretación definitiva a esta obra alucinante, aunque muchos lo hayan intentado. Es, sin duda, la joya de la colección de este fantástico pintor, y merece una larga contemplación. Si se examina con atención, se tiene la sensación de que sus personajes estaban bajo los efectos de algún tipo de delirio. En la planta baja, el Prado también rinde homenaje a la Italia del Renacimiento. Entre las múltiples Madonnas con bebés y Cristos en diversas poses, se encuentran algunas obras sensacionales como las tres partes de La historia de Nastagio degli Onesti, de Botticelli. Hay un clásico claroscuro de Caravaggio, mientras que Tintoretto y Tiziano juegan con las perspectivas. También se exponen un par de obras del pintor alemán Alberto Durero (Albrecht Dürer; 1471-1528) en la sala 55B. Están en marcha las obras para un ambicioso proyecto de ampliación del Prado, que podrían durar muchos años, aunque los principales espacios de exposición probablemente no cambien en mucho tiempo, si es que lo hacen. El plan del arquitecto Rafael Moneo, el Gran Prado, con un coste de 50 millones de euros, implica la adaptación del claustro de la iglesia de San Jerónimo El Real, y su conexión con el edificio principal por un paso subterráneo. Las oficinas se trasladarán al edificio nuevo (el "Cubo de Moneo"), donde también se instalará una biblioteca nueva, una galería de dibujos, un espacio para exposiciones temporales y un centro de conferencias. Esta parte del proyecto estaba casi terminada cuando se redactó esta guía, pero en una fase posterior parte de los miles de cuadros que ahora se encuentran almacenados (el famoso "Prado oculto") también adornarán el antiguo Museo del Ejército, mejorando aún más esta pinacoteca de fama mundial.
Parque del Buen Retiro
Los hermosos jardines del Retiro son especialmente agradables. Sembrados de estatuas de mármol, praderas, árboles centenarios y algunos edificios elegantes y mucha zona verde, es un lugar tranquilo y contemplativo entre semana, pero los fines de semana se transforma.
El lago artificial en el corazón del parque está dominado por el enorme mausoleo de Alfonso XII y la fuente egipcia cargada de esfinges. Cuenta con una rosaleda especialmente bonita y una estatua un tanto siniestra del Ángel Caído, de la que se dice es la única dedicada al diablo que hay en el mundo.
Palacio Real
Este coloso de estilo barroco clasicista italiano, con unas 2.800 estancias, empezó a edificarse por orden de Felipe V tras la destrucción, en un incendio de 1734, de la fortaleza anterior, el Alcázar. Hay unas cincuenta salas abiertas al público, incluida la Farmacia Real, que parece un desfile interminable de frascos de medicamentos. El Salón del Trono presenta paredes de color carmesí y techos obra de Tiépolo.
Museo de San Isidro
En esta iglesia, dedicada al santo patrón de Madrid, se pueden ver hallazgos arqueológicos del Madrid precristiano, como los fragmentos de mosaicos de la villa romana en Carabanchel (actualmente un barrio al sur de la ciudad). El edificio también contiene un patio del s. XVI, una capilla del s. XVII y una exposición interesante sobre la historia de la capital.
Museo Arqueológico Nacional
Fundado por real decreto en 1867, es una colección real excelente, con piezas de la prehistoria, del Antiguo Egipto, de Grecia, Roma y la España mudéjar. Destacan el sarcófago de Amemenhat (sala 13), la Dama de Elche (20), la corona de Recesvinto (29) y el arco de Aljafería (30).
El mercadillo del Rastro
En el emplazamiento de este concurrido mercadillo de los domingos se hallaban las tenerías en el s. XV, y, a finales del s. XVII, los curtidores empezaron a vender en la plazuela del Rastro (la palabra rastro probablemente aluda al reguero de sangre que dejaban las reses cuando eran arrastradas al matadero cercano o de sus despojos una vez sacrificadas). Los domingos por la mañana no hay nada como pasearse por aquí en busca de una ganga para apreciar lo más diverso de Madrid.
Atención, compradores: está lleno de carteristas; se aconseja vigilar las pertenencias de valor y no guardarlas en bolsillos de fácil acceso.
plaza Mayor
Aquí se celebraban los festejos reales, corridas de toros y autos de fe (el juicio ritual por herejía de la Inquisición, cuyos condenados solían terminar ardiendo en la hoguera), pero en la actualidad está llena de terrazas para tomar algo al aire libre.
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