Puntuación media:
Joan Petrell, dueño del restaurante, demuestra su amor al costumbrismo gastronómico en la pasión por el producto, los guisos marineros y la suculencia. La suya es una cocina prosaica, que en unas ocasiones adopta formas naturales y otras rústicas; nada espectaculares, pero indudablemente efectivas. El comensal sale ahíto y feliz de zampar géneros mayestáticos y cazuelas profundas, cuyo mérito culinario es relativo e incluso escaso desde un punto de vista teórico, pero que convencen por nobleza y sabrosura.
Muy buen restaurante, por la comida, el servicio, el entorno, pero no para el precio que hacen pagar. Excesivamente caro.
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