Los primeros datos históricos sobre el primer núcleo de población en la zona de Igualada datan del año 978. El primer asentamiento estable recibía el nombre de Aqualata, en referencia a una pequeña agrupación de casas. Por la situación estratégica de la población, fue un lugar disputado entre varios señoríos, hasta que pasó a formar parte de la jurisdicción del monasterio de San Cugat, que fue compartido con la corona a partir del siglo XIII. En el siglo XIV, los habitantes igualadinos lucharon para que la ciudad, que se había convertido en un importante foco comercial, pasase a formar parte de la Ciudad Condal, Barcelona. También en estos años se amplió un primitivo recinto amurallado, para fortalecer la defensa de la ciudad.
En los siglos XV y XVI se produjeron una serie de crisis económicas en la ciudad con brotes epidémicos que diezmaron la población. Una epidemia especialmente grave tuvo lugar a finales de 1589. La recuperación de la ciudad no llegó hasta el siglo XVII y XVIII. En esta época, comenzó la industrialización de Igualada y también se consolidó la industria del curtido de pieles.
A principios del siglo XIX, y durante la guerra contra la invasión napoleónica, la milicia de Igualada participó de manera decisiva en la batalla del Bruc. De esta manera, la ciudad fue considerada como un frente de resistencia contra la invasión francesa. En la segunda mitad del siglo XIX, Igualada vive una grave crisis de la que se recuperó con la llegada del ferrocarril, en 1892. En el siglo XX, la ciudad ha sabido mantener su próspera economía gracias a la industria textil, sobre todo con la producción de género de punto y el curtido de pieles.
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